lunes, 5 de julio de 2010

Bidabehere Armando




La vuelta al mundo en quince horas

Se trató de un viaje, mi primer periplo a Comodoro y por tierra. Había cumplido los nueve años y aquella “picada” con pretensiones ruteras estimulaba la intriga por saber. ¿Qué había al otro lado? Su trazado de víbora al acecho convocaba destinos misteriosos y fantasías alimentadas en la matinée del Cine Español. Una de piratas con pata ‘e palo solazando mi imaginación. La aguja fue dibujando un diagrama de subes y bajas que desmentía la tediosa línea recta del camino. Como dos escoltas, a la izquierda, pero fuera de nuestra vista, se deslizaban las aguas del río Deseado provenientes de sus nacientes en la zona de Perito Moreno. Mientras que por la margen derecha se extendía la línea férrea que unía Puerto Deseado con Colonia Las Heras. Las estaciones, “El 20”, “El 40”, eran mojones de piedra cuya semántica atravesaba nuestras vidas. Números que traen otros números. Y una voz cascada que “canta las cuarenta” inundando el living de casa con el humo de su toscano, es el tío Francisco, minero y asturiano, el abuelo que no tuve, haciendo capote. Tute cabrero, y ese lenguaje preñado de giros que se apodera de nuestra cotidianeidad, ir a más, ir a menos, las diez de últimas. Aquel viaje tuvo la misma excitación reflejada en los semblantes, estuvimos en las diez de últimas y nos rescató como en el juego la prudencia y la fortuna. Fueron quince horas de travesía donde se mezclaron sensaciones, tensión, aburrimiento, desconcierto y una avidez ante lo nuevo, lo desconocido.
La aventura comenzó a bordo de un Chevrolet ’53 timoneado por don Pedro Jenkins, un estanciero del otro lado del río, ungido con la prosapia de los fundadores del pueblo, que se ofreció a llevar a mis padres hasta la urbe del petróleo. Pintoresco personaje, recuerdo una vez que paseando no se como ni porque, en aquel automóvil, se le ocurrió un chiste que repitió varias veces, fue al ingresar al puerto, frenó al borde del muelle, una chanza insólita donde el chirrido de las gomas no alcanzaba a tapar el rechinar de nuestros dientes ante el temor de vernos catapultados al abismo marino. Con los años fue protagonista de un naufragio en el cual salvó milagrosamente su vida aferrándose a una roca. En la fatal excursión pesquera la lancha que los transportaba zozobró y perdió la vida un insigne medico local, el Dr. Fernández. Contra todos los vaticinios, nuestro hombre que arrastraba una renguera hizo enmudecer a la vecindad con su buena estrella. Político de cuño intransigente, el partido acaudillado por Frondizi vivía la gloria de un gobierno que había puesto el acento en sacar los recursos que yacían bajo tierra. A esos fines la estación portuaria estaba atiborrada de tubos de acero, numerosas casas rodantes americanas y el idioma de los cowboys rasgando el aire, como en las películas.-
Aquella nave, mitad blanca, mitad rosa viejo y relucientes tasas niqueladas, tenía el confort de todo lo ingresado al sur del paralelo ’42, la panacea por entonces de los bienes importados. Alguna vez mi padre habló de comprarse un auto pero su sueldo escuálido se lo impidió. Como tendero, sumergido entre rollos de sedas y gabardinas, gozaba las histerias del público femenino que claudicaba ante sus sugerencias de pícaro vendedor. La indumentaria en las mujeres, la más de las veces, era obra de hacendosas modistas. Tarea que también mas tarde encaró mi madre cuando la viudez la sorprendió viéndonos crecer. Por esos días estaba abocada a sus tareas como ama de casa, entretenida en lidiar con nosotros tres. Sí, tres hijos varones empeñados en todo tipo de pillerías domesticas. Sobre mí caían todas las expectativas, pues era el mayor, debía abrir la huella sin libreto previo. La misión tiene ventajas y desventajas. Entre las primeras estuvo aquel viaje iniciático. Allá vamos. Cuando el día empezó a clarear partimos rumbo a Jaramillo, nuestra primera parada. Por el camino de ripio íbamos dejando una estela de polvo y el ruido tenia los acordes que trasmitían, cual orquesta sincopada, diferencial y pistones. De vez en cuando nos sobresaltábamos, como jineteando un pingo desbocado, ante el serrucho que deformaba la huella. En un momento pareció que en el horizonte se dibujaban pequeñas formas que hacían presumir la cercanía del poblado, es cuando el vehiculo comenzó a fallar hasta pararse definitivamente. Nos ganó el nerviosismo, ¿qué hacer? Ahora debemos jugar nuestras cartas y como sugiere el tute nos pescan en un renuncio. El conductor con sus dificultades al andar tenía pocas chances de sortear el desafío y mi padre acusaba quebrantos en su salud, los mismos que quizás habían aconsejado aquel viaje buscando mitigar el sufrimiento. Vivíamos los últimos días de la primavera del ´59 y por esos tiempos el transito era intermitente. Solo habíamos visto pasar, cual cigarro plateado montado en los rieles, al cochemotor rumbo a Deseado. Teníamos la garganta seca y la aridez, dueña y señora, nos rodeaba por todos los flancos. Parecía difícil sobrevivir entre coirones y matas enrollándose en el viento. A unos cientos de metros del villorrio, el cementerio de los obreros fusilados en el ’21, las huestes de José Font, Facon Grande espera aun justicia. La soledad de la meseta me hacia sentir como perdido en el desierto y ese tenaz viento achaparrando todo lo que pretendía mantenerse erguido. A esa altura, a unos cuantos kilómetros, está el bosque petrificado un verdadero monumento fósil con grandes coníferas que poblaron el jurásico. Por esos años circuló un rumor con mucho de veraz, algunos de aquellos vaqueros del oeste, durante la fiebre del petróleo, entre perforación y perforación, depredaron el lugar alzándose con un importante cargamento de fósiles que embarcaron rumbo al país del norte.
Ni un ánima a la vista, entonces resignados los hombres de abordo comenzaron a caminar en busca de auxilio hasta dar con un alma generosa que concurrió en nuestra ayuda. Con bombos y platillos arribamos al caserío cerca del mediodía. Hora de almorzar, ingresamos en una fonda de chapa y madera, techo rojo y paredes amarillas, colores hispánicos como su dueño. La comida no evadió los lugares comunes: sopa, puchero de oveja y a los postres, queso y dulce, un clásico en tiempo y lugar. Reanudamos la marcha, a unos kilómetros Fitz Roy centro de una cruz caminera que vincula el norte de la provincia y luego Pico Truncado, El 200, donde aparcamos en las primeras horas de la tarde. El lugar era inhóspito y el verde brillaba por su ausencia salvo los consabidos tamariscos que bordeaban los patios de las casas, cortinas propicias para frenar el viento y resguardar las huertas. Ese mismo paisaje me trae el recuerdo del fatigado viaje atravesando el oeste americano, relatado por John Steimbeck en Viñas de ira. Ingresamos a algunos negocios, no guardo recuerdos de esa estancia salvo que después de una hora emprendimos el camino hacia Caleta Olivia, bautizada con el nombre de algún barco guarecido en sus apacibles costas. La inmensidad, con su estéril desnudez, agredía, y me hacia pensar ¿quien nos salvará si nuevamente la maquina se planta? Pero la suerte que es grela, como en el tango, nos dio la espalda. A poco andar nuevamente los fierros dijeron basta. Ahora a esperar que alguien pase. La pausa fue larga y recién cuando el sol comenzaba a esconderse concluyó la reparación que realizó un mecánico sensible con nuestra desgracia. Pensaba, tanto tiempo ahí sentado, sin poder hacer nada, realmente, hoy a la distancia, debo concluir que era un chico bueno. Pasado ese forzado recreo arrancamos para cubrir el tramo hasta Caleta, antes atravesamos un campamento petrolífero, Cañadon Seco. Llegamos ya en noche cerrada, justo para la cena, y fuimos a otra fonda, la de Pepechón Fernández, famosa por su sopa de gallina y verduras, plato obligado en la mesa de esos tiempos, tributo a una tradición que atesoraban los inmigrantes españoles. Todo un ritual que se trasmitía de generación en generación y que mi abuela cultivaba con unción. “Si queres crecer debes tomar toda la sopa”, una máxima que repetían todos los padres para tortura de los pequeños, bueno la mayoría, a mi ese líquido burbujeante, con sus colores amarillo ocre, me insufló energía en duros inviernos. Degustamos ese manjar y partimos, el camino que nos aguardaba parecía el ascenso a una torre babilónica, lleno de curvas y contra curvas. Sobresalía Punta peligro, codo emblemático donde se habían desbarrancado muchos osados, cada curva encerraba sus trampas y se había cargado alguna muerte. La oscuridad era total, solo penetrada por los faros delanteros que como dos torpedos se abrían paso. De pronto en el fondo de esa pantalla negra comenzó a crecer un resplandor que se fue agrandado a medida que nos aproximábamos. La intriga se develó pronto, se trataba de Comodoro Rivadavia, la ciudad luz. La generosidad lumínica era ostensible y contrastaba con la raquítica dosis derramada en mi pueblo. La visión deslumbraba a los visitantes. Otro mundo. Estábamos en la meta, la extensión del tiempo transcurrido, quince largas horas, se daba de bruces con la distancia que habíamos cubierto, poco más de trescientos kilómetros, pero la recompensa valía la pena, respiraba otro aire, habíamos arribado a esa pequeña Babilonia, sin los jardines colgantes, pero con cientos de farolitos ornamentando el paraíso del oro negro.-

Oscar Armando Bidabehere. Puerto Deseado(1950)


Oscar Armando Bidabehere, Puerto Deseado (1950), Santa Cruz, ha sido publicado en la Antología 2009 “El decir Textual” de Editorial de los Cuatro vientos, Tercer premio en categoría cuento con el titulo “Vuelo Crepuscular”. En 2005 resultó premiado en el concurso organizado por la Asociación residentes deseadenses de Capital Federal con el cuento “De cómo la Derecha devino en izquierda”, por un jurado presidido por la escritora Sylvia Iparraguirre. Sus relatos han sido publicados por Revista cultural Almiar – (España)-, “La vida en tres días” y en Editorial Ayesha .Aparece en los Cuadernos Culturales de la Patagonia: “Cada quince de julio…” y otros, en la Antología de poemas, cuentos y relatos breves de Ediciones El orden con “Lagrimas de Sal” y frecuentemente en el periódico El Orden, decano de la prensa santacruceña: últimamente, “Hombres de Hierro” en el centenario del ferrocarril año 2009. En la actualidad reside en la ciudad de Olavarria.-
Sus escritores preferidos: David Viñas, Gabriel García Márquez y Juan Carlos Onetti en prosa y Roberto Juarroz, Juan Gelman y Raúl González Tuñon en poesía.-

2 comentarios:

FRANK RUFFINO dijo...

Abrazos fraternos en Amistad y Poesía verdaderas,

Frank.

Magalí dijo...

Es un inmenso placer descubrir sentidos por debajo de riquisímas líneas...