
Sin palabras
Se ocultó la luna detrás de la bruma en la noche tibia de un verano nuevo. Las sombras del puerto nos salen al paso alfombrando piedras que llenan la noche de sonidos sordos. No entiendo el silencio que anida en tu alma, tus labios se cierran como apretando el verbo que no se pronuncia.
Llegamos al punto donde culmina el mundo y se abre el mágico portal del Universo y allí, con sombras de luna escondida y las aguas de la ría cercana lamiendo las piedras que nos condujeron, alzaste la vista, me miraste adentro, brillaron estrellas en tu mirada inmensa y con la voz que nunca pronunció mi nombre, en el instante eterno que se abrió camino, “porque te amo”, me dijiste y agitando con levedad tus alas, me dejaste anclado en esta tierra que, con tu ausencia, se vuelve infinita.
El niño
en Cuentos brevísimos, SADE SC, Año 1 Nº 1; Marzo de 2005
La línea (Relato en escala de grises) –frag.-
Lo hizo. Se atrevió a cruzar la línea; sin embargo, en ese simple y supremo acto de heroísmo, culminó su osadía, no tuvo valor para seguir. La trémula inmovilidad de la duda duró un latido antes de que su natural cobardía le impulsara al retroceso fatal que habría de arrebatarle la redención.
Sintió compasión de sí mismo, por su suerte, por esa cobardía que llevaba enquistada desde siempre en su espíritu como una mala hierba.
La línea siempre estuvo allí, a un paso. La había entrevisto en cada uno de los hitos que jalonaban su insignificante historia: en la tierra de nadie de las fronteras, en la ribera de los muelles que había hollado, en la borda de los barcos en los que cabalgó los mares, en las lóbregas habitaciones de hoteles miserables (…).
(…)
La lluvia había arrasado con el maquillaje. La lejana belleza de la muchacha atisbaba oculta detrás de una trágica máscara de dolor, fracaso y hastío. Él la desnudó y ella lo dejó hacer. Él tomó una toalla y secó su rostro, sus hombros, su pecho, sus piernas, y al fin la tomó de la mano y la condujo frente al gran espejo. Se miraron en el cristal que les devolvió la imagen de dos seres marcados a fuego por la postergación y el fracaso. Entonces ella vio la Línea y comprendió. Ya no tenía nada que perder.
No fue un paso, fue un salto desesperado. Juntos se atrevieron a cruzar la Línea más allá de la luna del espejo… y no volvieron.
Cuernos
Pasifae supo en la oscuridad que lo que tenía en sus manos era un asta erguida. No pudo saber si era de su amante o de su marido.
Disquisiciones desquiciadas –frag.-
Al llegar al pasillo, pude comprender en toda su perversa dimensión lo irremediable de mi descuido. Allí, en el portal de acceso a mi pequeño universo, me encontré de narices a boca con el rostro demudado de la dueña de la casa, cuyas expresiones faciales en repugnantes y alternativas metamorfosis transitaban desde la profunda consternación hasta la más violenta de las iras. El motivo –claro está- era la pared cubierta (según ella) de todos esos “mamarrachos” (calificativo impropio para mis profundos estudios mecánicos, físicos y matemáticos que –por supuesto- me ofendió).
Por más que lo intenté, no pude rendir una explicación cabal de mis acciones. Fui interrumpido constantemente por una letanía en la que se entremezclaban lamentos, quejas, amenazas, insultos varios, todo profusamente regado por cuantiosas lágrimas y contrapunteado por sonoras sorbidas de humores nasales. La perorata duró lo suficiente como para que el agua llegara al punto óptimo de ebullición y la tapa de su metálico continente comenzara a bailotear, y en su chinchineo adoptó una extraña cadencia rítmica. Tal vez contagiada por la sonora base metálica, el sermón de mi casera fue adaptándose a aquél ritmo pegadizo, resolviéndose así en una caótica composición cuasi musical que se parecía a un doliente rap con fondo de escola do samba.
(…)
Cuando ya me creía definitivamente perdido y con mi bolsito en la puerta de calle, la providencial aparición del maridovio de mi indignada casera aflojó la tensión. Compinche al fin de copas en bares dudosos, me hizo un guiño tranquilizador y con consoladoras palabras de enmiendas y pintura nueva para la pared, convenció a la entristecida dama y la llevó al comedor, aún hipando de sollozos. Turbado por la profanación de mi intimidad y por la interrupción del rito matero por exceso calórico en el líquido elemento indispensable para unos cimarrones que se precien de tales, me acurruqué en el espacio que quedaba en mi lecho y me dispuse a tomar una merecida siesta reparadora de tantas emociones. Repasé una vez más con la vista los diagramas y las ecuaciones delirantes que campeaban en la verticalidad fronteriza y finalmente cerré los ojos, sumiéndome en el más dulce de los sueños con el convencimiento de que la tarea estaba cumplida.
en Montañas de Nada, inédito
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Roberto Mario Petroff confiesa que ha nacido. Ha perpetrado este hecho hace ya más de cuarenta años, un 9 de febrero de 1963. Su espíritu rebelde le signó este destino de búsqueda constante de aquello que aún no descubre y esa trashumancia empecinada lo ha traído hasta las calles pedregosas de un pueblo con mar y puerto que lo cobija a regañadientes. Según comentan las malas lenguas, llegó a las tierras australes de Gallegos de Santa Cruz a principios del Año de Nuestro Señor de 1998. Según suele definirse a sí mismo es “carpintero de oficio; periodista, marinero, escritor, poeta y vagabundo de profesión…”. Permanece entre nosotros pese a todos los esfuerzos que se realizan para evitarlo.
Referencias literarias:
Maritza Kusanovic; Julio Nervi; Cecilia Maldini; Carlos Besoain; Jorge Curinao; Norma Donoso; Mónica Da Luz; Carlos Sacamata; Claudia Sastre; Sergio De Matteo; Juan Carlos Bustriazo Ortíz; Pavel Oyarzún; Julio Leite; Liliana Campazzo