miércoles, 21 de octubre de 2009

González Carey Fernando















El barquero


Me sorprendí cuando me dijo que no. Después, observando el Oeste, donde se calcaban las montañas en el lago, insistí.
- Tenga en cuenta que vengo de lejos y que la noche se arrima...
No dejaba de mirarme, pero por más que indagué sus intenciones en la mínimas marcas de su rostro, sólo encontré la misma negativa, pertinaz. Sin embargo, una fina línea floreció en la comisura de sus labios cuando metí la mano en mi bolsillo y le mostré el vintén oriental. Lo tomó con ceremonia infinita y entonces me ayudó a subir a la barca.
Mientras los remos marcaban el paso de ñires y cohiues que se acomodaban en la orilla, volví a sentir muy cerca de mí, adentro, a los costados y con el alma apretada al mismo pasajero solitario y temeroso que llevaba yo adentro. El barquero persistía en observarme.
- ¿De dónde viene? – me preguntó de repente.
- Pues caminaba por el bosque y me di cuenta bastante tarde de que no tenía tiempo de orillar el lago para regresar a casa.
- Parece asustado.
- Hay algo de eso –respondí sin resistencia.
El barquero tenía un rostro de nadie, pero invitaba a conversar. Hablaba con voz profunda.
- Hay en la vida sensaciones raras, que en el bosque se magnifican- deslicé cuando la proa buscaba la orilla opuesta.
- Es que las sombras de la vida surgen recién al atardecer. Fíjese en el pinar espeso que llega hasta la playa, cómo se abalanza sobre el espejo de agua y lo cubre. De día, es una fortaleza verde, que sostiene el cielo. Vamos construyendo temores en el camino de la vida y cuando éste se angosta, aquéllos recorren el mínimo espacio en loca carrera, mordiendo y acorralando.
Y entonces, mientras el barquero trabajaba su remo, de mi bolsillo fueron saliendo muy despacio las penas y las mentiras, las traiciones y desencantos, las soledades y miserias. Los iba liberando y arrojando al lago, en pequeños envoltorios que prontamente desaparecían. La conversación avanzaba sin miramientos. Hasta que aparecieron los recuerdos El barquero extrajo de la nada una bolsa grande de arpillera y la abrió en silencio, incrustando sus negros ojos en los míos. Resultó inútil resistirse. Allí debían ir las cosas nunca más vistas y queridas del pasado.
- Si Ud. quiere vivir, arrójelas y nunca más pida por ellas- y cerrando la bolsa con la nostalgia que pesaba como jamás imaginé, la tiré al lago. La estela de un pez muy grande se abrió surco desde la quilla de la barca y se alejó tumultuosamente.
Un silencio incómodo se apoderó de mí, pero cuando arribamos sentí el vacío que las penas habían dejado. Me alejé sin volver el rostro, convencido de que nada valió más que ese día.



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Carbonilla


Cuando nos sacamos la foto que están viendo, cursábamos el primer año del secundario en el colegio que todavía hoy está aquí, al fondo de la calle San Juan, subiendo las bardas del Norte. Si ustedes observan bien, a la derecha aparecen álamos desnudos y elevaciones arcillosas de la zona y detrás de todos nosotros la fachada del colegio, con la bandera argentina desflecada y triste. Es un grupo pintoresco, no me lo van a negar, todos ansiosos, con risa fácil y ojos que destilan asombro. Llama la atención cómo vestíamos, todavía con tiradores y algunos con pantalones cortos. El blanco y negro de la foto se confunde con el gris de la jornada, con el polvo que todos los días jugaba con nosotros. El pelado soy yo, no hay otro. Acérquense un poco más, vamos. Sí, todavía tenía un ojo tapado por el hondazo que el Huguito me acertó (él está a mi derecha, el de anteojos grandotes). Y ahora, observen a los chicos que están en los extremos, casi despegados de la foto. Una profe., recuerdo, los arrastró para que aparecieran. No lo hicieron muy convencidos, pero allí están, desalineados, con las piernas torcidas y algunos pellizcando el guardapolvo. Si se corren un poco hacia mi izquierda, atrás, van a ver a los directores. El más alto se llamaba Barotto. Enérgico, con voz de trueno, pero justo; el de al lado, el preceptor, era una anguila, siempre detrás de las macanas que hacíamos, como la de la monedita que el Huguito puso una vez pegada a la lamparita, en el portalámparas del baño de varones....Tardaron mucho en descubrir el problema del cortocircuito , sin embargo él supo quién fue.

Pero volvamos a la foto. Hay una chica que quiero mostrarles, la de la derecha, sí, esa que se esconde un poco, petisita, negra como carbón. Carbonilla fue el apodo que le pusimos. Pensar que por esta foto la descubrieron. Todavía la tengo en mis retinas, sentada donde el aula comunicaba con un archivo, con sus ojos cansados y eternizados en el pizarrón. En los recreos a veces nos alcanzaba la pelota y entonces nacía en ella una carita nueva que yo siempre busqué después. Los profes se cansaron de su aparente apatía a tal punto que ya ni la atendían, y cuando tocaba el timbre de salida, no sé, desaparecía. Después la veíamos caminando como sonámbula, gastando la tierra por las calles de Roca, con su bolsa de libros colgada del hombro. Sabíamos que era repitiente, pero ella ocultaba esta situación a sus padres que vivían para el lado del basurero del Norte. Cierta vez vino la madre a una reunión del colegio y, desde la última fila de asientos, nos miraba a todos muy seria, como enojada. Del padre nunca supimos nada, pero fue por la foto que descubrieron que estaba cursando nuevamente el primer año. Sabía imitar las firmas en los boletines, era muy hábil en ese oficio. ¡Carbonilla! Nunca más supe de ella, pero muchas veces creí reconocerla de lejos, en los grupos que seleccionaban los restos de la basura, allá, en el Norte de la ciudad.
Lo que son las cosas de la vida. Cuando la gente se para ante la foto, los del grupito del medio acaparan enseguida la atención Arrímense un poco y miren tranquilamente. Somos un cúmulo de historias dispares que no supimos qué hacer con nuestras vidas. Veníamos al colegio a jugar, a juntar amigos, a embromar. Y así los años pasaron y quedamos para el recuerdo en estos cuadros que hoy se exponen en el hall. ¡Cuántas veces, en los últimos años, no habremos visto ante nosotros un rostro desfigurado por la emoción del recuerdo, escarbando allá atrás en la foto, insistiendo en remontar un tiempo cumplido! Tal vez haya sido uno mismo de nosotros, o una madre buscando a quien ya no tiene consigo, o un padre que nunca comprendió cómo pudo alejarse tanto y dejar a su hijo a merced de los vientos. Claro que hemos visto esos rostros sin vida y sin luz, con miradas clavadas, congeladas, hasta apretadas por romper un hechizo. Fíjense en el rostro de Carbonilla de una buena vez. Ella representa el fracaso, la desidia, y no por casualidad. Todos sabemos que la educación no fue para todos, eso lo entendemos muy bien.

FIN



Fernando Gonzalez Carey

Homo sapiens, en una de las últimas vueltas de la carrera de la vida....(66)
Profesor en Letras (jubilado hace un año), escritor de ficciones, vivo en Roca (Río Negro) con mi mujer y cuatro hijos.
Me gusta leer los textos de mis colegas y viajar por la cordillera y por el mar.
Intento ayudar a escribir y a leer a los que no tuvieron la oportunidad como yo.
fgcarey@speedy.com.ar
http://www.candilsurenio.blogspot.com