miércoles, 22 de abril de 2009

Aliaga Cristian



De “No es el aura de Kant” (1992):

Los versitos,


esos frascos sin tinta
donde ponemos lo mejor de la memoria.
¿Paredes de iluminación, torres amargas,
palabras solamente?

Pero a quién encomendar nuestra historia,
salvo a estas pequeñas nubes
de espuma.

Os quedaréis ciegos
de tanto cerrar los ojos.


No es el aura de Kant

El resultado es el silencio.
Ocultos en los ranchos,
emparejados con la hacienda,
los peones carcomen la filosofía.
No es el aura de Kant
ni el primer motor de Tomás de Aquino:
es una bola de lento fuego
que se revuelca en el alma.
El sueño es un largo cuchillo en el vientre
de los blancos dioses
y un incendio de alpataco
que todo lo destruya.

La luna amontonada en los galpones
y el regreso de un interminable viaje
a caballo por las estrellas.

Los perros huelen el alma de los peones
y encuentran seres desconocidos.


De “El pasto azul” (1996):

Artista del aire

Uno busca la fortuna,
zarandea el cuerpo
como artista del aire,
cebado para la carne.
La fortuna esquiva mueve
por el cielo su bulto inasible.
Pero un hambriento
no dejará
de tirar dentelladas.



Tratado de la luz

Hay días en que tus ojos están perdidos para la vida,
para cualquier visión que encierre una esperanza.
Sales a la ventana y miras sin ver el infinito
ocaso que preanuncia una mañana.
Es de mañana y ya ves el ocaso, tus ojos están perdidos,
es mejor que los cierres.
Que los cierres o encuentres una razón poderosa
para recoger la luz que traspasa los párpados.
Tenés escondidas pasiones en las pupilas
que antes se abrían descuidando el ocaso.
Todas son noches: las mañanas son noches y las tardes.
Pero la luz no ha encenderse jamás, sólo hay controles
para la oscuridad.
Pero la luz no ha de apagarse jamás, porque la llevás
sin tregua en el fondo de los ojos.

Los bellos sueños

Aquel insecto vuela
sobre los íntimos sueños.
Intento disuadirlo, cambiar
sus planes,
coloco terrones de azúcar
sobre otras heridas,
le muestro golpes ficticios
en mi humanidad.
El animal vuela obcecado
sobre los mismos sueños,
los más bellos,
los menos protegidos.


De “Estancia La Adivinación” (1998):

Arte, poética


Un poeta –un lobo sin cartel–
no muestra sus cartas, no baraja
de nuevo, no escancia vinos
que no es capaz de beber.
Es un animal procaz
que no ve detrás de las venztanas
sino más allá de las rejas,
un espectro sordo
que no domina su carga
y se entrega a ella.
Un poeta –un punto azul sobre la mesa–
no mira para ver
sino para abrir los ojos.

Si tienes oscuridad

Si tienes oscuridad,
en algún lugar debe existir
la luz.
En tu lugar, los perros duermen
como algunas personas,
convencidos de que nada pasa.
Es mejor así:
la muerte llega por acumulación,
no por impacto.
Hay evidencias
de que nada pasará,
de que todo viento será en vano.

La verdadera caída es hacia arriba.


De Música desconocida para viajes (2002):

Brilla lo que no existe

Nos guían en la ruta como espejos, estrellas que han existido; pero apenas son reflejos, astillas, vidrios, trozos de metales, ventanas esparcidas que el ojo no divisa. Son estrellas, entonces, aún guardan el brillo de lo que han sido antes de la destrucción. Pedazos de chapa que fueron techo para cobijar a quienes han muerto o huido, hierro retorcido que era una torre para medir, aspas de molinos que se destruyeron antes de que el agua apareciera. Fragmentos de botellas, de las que bebían con avidez en el desierto, vehículos descalabrados sobre caminos que taparon los arbustos. Brillan a nuestro costado, al frente y atrás de nuestra ruta, como si en el reflejo de cada objeto ya desahuciado viviera el ánima que siempre ha de precedernos. El ánima de lo que existe o no, es lo mismo.
(Puerto Santa Cruz).


De La sombra de todo (2007):

El artista subjetivo

1. Un diamante

La subjetividad llamada del artista
son sus heces. A nadie ensucian
ni iluminan. Hay un diamante que
buscar. Eso no es personal.

2. Todo miedo

todo miedo

te domestica el dolor.
la pérdida de control, la manera sentida
de perderlo todo de vista.
horizonte. esta placidez de pájaro
apenas mojado.


Cristian Aliaga es oriundo de Tres Cuervos (partido de Puán, provincia de Buenos Aires,1962) y reside en la Patagonia.
Publicó Lejía (Último Reino, 1988); No es el aura de Kant (Último Reino, 1992); El pasto azul (Último Reino, 1996); Estancia La Adivinación (Último Reino, 1998), Música desconocida para viajes (Deldragón, 2002), la antología Estrellas en el vidrio (selección de Jorge Boccanera, Colihue, 2003) y La sombra de todo (Bajo la luna, 2007).

Integró el consejo de redacción de la revista Último Reino y fundó la Editorial Universitaria de la Patagonia.
Publicó crónicas en Patagonie. Une tempete d´imaginaire (Autrement, 1997). Editó la obra de Juan Carlos Bustriazo Ortiz, Herejía bermeja (En Danza, 2008), Desorbitados. Poetas novísimos del sur de Argentina (Fondo Nacional de Artes, 2009) y Excéntricos. De Bustriazo Ortiz a Zelarayán (en prensa). Una selección de su obra, traducida por Ben Bollig, ha sido publicada en Gran Bretaña y EE.UU. Ha realizado lecturas y dictado conferencias en Ecuador, España, Gran Bretaña y México. Es autor de una serie de antologías que incluye Sur del mundo. Narradores de la Patagonia (El Patagónico, 1992); Patagónicos. Narradores del país austral (IMFC-Desde la gente, 1997) y Los mejores relatos de la Patagonia, de Verne a Bayer (Ameghino, 1998). Recibió el Primer Premio Nacional de Poesía del Fondo Nacional de las Artes (2006) y el Primer Premio “Raúl González Tuñón” del Fondo Nacional de las Artes y el Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini” (2005).

Durante varios años coordinó talleres de creación poética en distintas ciudades, con el patrocinio de la Fundación Antorchas. Es profesor de la Universidad Nacional de la Patagonia. Dirige Espacio Hudson, Centro de Artes & Cultura, y el periódico El Extremo Sur.