jueves, 8 de abril de 2010

Ferrarassi Luis



MAÑANA SERÁ OTRA NOCHE


Terminó. El mundo del
hombre va a caer, todo
se sumirá en las tinieblas.
J.R.R. TOLKIEN
El Señor de los anillos



A las dos de la mañana, la puerta del bar “Ocho en punto” se abrió con un golpe violento. Ingresó, desesperado, uno de los guardias encargados de vigilar la entrada al parque Laguna Azul.
Los presentes notaron su aspecto y avisaron al barman que, aún con su repa­sador en la mano, se aproximó a la mesa, pidiendo a las personas que le dieran espacio para respirar.
-¿Qué te pasó, pibe?
El muchacho no lograba calmarse. Apoyó las manos en su pecho como evi­tando que su corazón se le escapara y luego se recostó sobre la mesa. El barman le llevó un café cargado.
Una mujer, que estaba detrás del chico, le ayudó a quitarse la campera y a respirar. Poco a poco, mientras la impaciencia de los parroquianos se hacía más intensa, el guardia tomó la taza y bebió un sorbo del líquido negro. Respiró profundo y miró hacia el público, expectante.
-Los otros guardias y yo estábamos por jugar una mano de chin-chong, mien­tras Charly salía a hacer una ronda –comenzó a relatar el joven-. Escuchamos un grito y salimos corriendo.
El joven hizo una pausa para terminar de beber su café, mientras los presentes mantenían un silencio absoluto.
-Juro sobre la tumba de mi padre que vi un grupo de… cómo decirlo, som­bras pequeñas, no más grandes que las de un niño de cuatro años, rodeando a Charly.
Las personas en el bar suspiraron al unísono y cruzaron miradas asombradas.
-Una de esas sombras hizo un sonido raro, como una alarma o algo así y quiso agarrarme…
-¿Y vos qué hiciste? –preguntó alguien.
-Me defendí. Le pegué con la macana varias veces hasta que la vi inmóvil en el suelo. Ahí fue cuando vine corriendo para acá.
Los murmullos no se hicieron esperar y muchos ya especulaban sobre una explicación lógica.
-Yo les dije que no hicieran un pueblo acá –exclamó un viejo.
-¿No me diga que va a salir con eso de los tehuelches de nuevo?
-Claro que sí. Ahora jodansen. Los paisanos decían que este lugar estaba mal­dito.
-Tenemos que ir a investigar…
-Vamos a ver si encontramos el bicharraco muerto.

Una multitud numerosa marchó, como un ejército por las calles del pueblo, en dirección a la Laguna Azul. Los escépticos iban detrás, los creyentes adelante, los que insistían con el Juicio Final del lado derecho y quienes se explicaban, con la existencia de estas criaturas, el misterio de las tumbas de tehuelches vacías y la desaparición sucesiva de personas en la región, iban por el lado iz­quierdo del tumulto.
El sendero que había hecho construir la Comisión de Fomento de Cerro Azul, serpenteaba hasta llegar al mirador principal del cráter de ese volcán apagado.
Años antes de la fundación del pueblo, allí había un cartel azul, que fue remo­vido por la empresa que construyó el parque, en que se leía el siguiente texto:

“NADA ES CASUAL POR ESTAS TIERRAS, TODO TIENE UNA RAZÓN”.
La leyenda urbana no atiende a la ciencia,
algunos dicen que está habitada por
seres extraños en su profundidad infinita…
otros afirman que tiene poderes energizantes…
lo cierto es que el misterio de la Laguna Azul
parece no tener fin.

Un policía gritó:
-¡Charly!
Y no obtuvo respuesta.
La noche estaba en su cénit y no se escuchaba ladridos ni voces.
-¡Mire, Bahamondez, acá! –dijo Oyarzún, el panadero.
El uniformado, que miró hacia atrás y vio a un tipo en cuclillas sosteniendo un encendedor a pocos centímetros del suelo, se acercó y observó un pozo pequeño cuyo borde no parecía natural.
-¿Qué es esto, oficial? –preguntó Oyarzún-. Sólo una máquina pudo haber hecho esto.
El policía le pidió que se hiciera a un lado y el hombre guardó el encendedor en el bolsillo y se alejó rezongando, en voz baja.
Bahamondez se arrodilló frente al pozo y lo miró con detenimiento. Colocó una mano sobre la boca del hoyo y sintió que un aire cálido emergía desde sus profundidades. Se recostó en el suelo y metió la cabeza en el interior para tratar de determinar la profundidad. El policía quitó la cabeza tan rápido como si temiese que la corten, de un salto se puso de pie y comenzó a disparar. Las personas huyeron despavoridas, ante el estruendo de los tiros, y el policía se les unió en cuanto se le terminaron las balas.
-¡Pero si el cartel se los decía, manga de burros! –dijo el viejo, cuando ya se había quedado solo.
Y un poblador, que se había quedado rezagado, le gritaba, mientras huía:
-Y si tanto le molestaba ¿por qué no se fue a la mierda?

Sólo una persona quedó en el borde del cráter de la Laguna Azul, porque el viejo ya se había marchado protestando en voz alta. Se llamaba Gustavo, tenía trece años y se había escondido detrás de una garita de vigilancia.
Con pasos lentos y curiosos, se acercó al pozo y trató de mirar hacia el interior, pero no se animó. Retrocediendo un paso y sintiendo que perdía el equilibrio, se cayó, por la ladera, al interior del cráter. Estuvo más de un minuto rodando, raspándose y dando rebotes, cayendo a una gran velocidad. Se clavó una roca puntiaguda en la zona lumbar y, aunque gritó de dolor, su queja fue un simple gemido ahogado, por la porosidad milenaria de las piedras volcánicas.
Gustavo estuvo más de diez minutos tirado a dos metros de la laguna, con los músculos adoloridos, un dolor punzante en la cadera y un terrible dolor de cabeza. La boca del volcán parecía cerrarse en torno a Gustavo, devorándolo. Como era de noche, creyó estar soñando.
Giró el cuello con dificultad y vio a una de las pequeñas bestias emergiendo de las aguas, que se detuvo para oler a Gustavo y, tomando una de sus piernas, lo arrastró hacia las profundidades.
Me escondí detrás de unos arbustos y observé a cuatro soldados hablando y fumando en el jardín de una de las casas, ahora abandonadas. Mientras me preparaba para atacarlos, miré hacia un costado y vi varios vehículos llenos de ricos humanos, que arribaban para vigilarnos. De pronto, a uno de ellos se le cayó algo y al agacharse pudo divisarme. Nos miramos durante unos segundos, olfatee el aire, produje mi sonido de advertencia y desaparecí velozmente, en dirección a la Laguna.
Mañana será otra noche.






Luis Eduardo Ferrarassi nació en Córdoba Capital en 1985.
Tras mudarse a Río Gallegos en 2007 actuó como organizador y jurado en el Certamen “Homenaje a la Amistad”, llevado adelante por la Fundación Humanitaria Patagonia Austral (F.HU.P.A.), dictando un taller de escritura creativa a los participantes y escribiendo un prólogo en la publicación de la Antología “Trece Ángeles de Luz”, donde figuran los relatos de dicho concurso.
En junio de 2008 fue premiado en el marco del Certamen “Estímulo a las letras”, organizado por el Concejo Deliberante de Río Gallegos obteniendo el Primer Puesto de la Categoría Joven con su relato “El Transporte”.
En diciembre de ese mismo año, en el marco de las festividades del 123º Aniversario de la fundación de nuestra ciudad de Río Gallegos, fue reconocido con una plaqueta en el Concurso “El mundo de los Abuelos” con su relato “El eterno ciclo”.
Durante el 2008 y parte del 2009, dictó un taller de iniciación literaria a jóvenes escritores de nuestra ciudad, en un espacio otorgado por la Unión del Personal Civil de la Nación (U.P.C.N.)
En febrero de 2009 su cuento “El Transporte” fue publicado por la revista online “Insomnia”, perteneciente a la página web “www.stephenking.com.ar”, en tanto que otro de sus relatos, “Del otro lado de la tapia”, fue publicado en un foro de escritores inéditos llamada “Crónica Literaria”, perteneciente a Diario Crónica, de la ciudad de Comodoro Rivadavia, provincia de Chubut y a su vez en la página web de la Agencia Periodística Patagónica de Neuquén.
En marzo del mismo año obtuvo una Mención Especial en el Concurso “Patrimonio en Riesgo”, organizado por el área de Patrimonio Cultural de la entonces Subsecretaría de Cultura de Santa Cruz y la Fundación del Banco Santa Cruz, con su cuento breve “A la luz del faro”.
En el mes de mayo, su relato “Una vez me perdí en el bosque”, se publicó en la revista Mavirock, oriunda de Buenos Aires.
En junio obtuvo por segunda vez consecutiva el Primer Premio de la Categoría Joven en el Certamen Literario “Estímulo a las letras”, del Concejo Deliberante con su relato “No hay un día que no piense en ella”.
En octubre publicó un artículo, en el marco del Día de la Madre, llamado “Manos que rompen la barrera del sonido”, en el diario local “El Periódico Austral”.
A fines de 2009, el libro de cuentos, “Ruinas del alma”, fue premiado en el Certamen Literario “Mi Primer libro”, organizado por la Municipalidad de Río Gallegos.
En marzo de 2010, su relato “Dos gotas de alquitrán” representó a la provincia de Santa Cruz en la edición digital de la Antología de Narrativa Argentina, Tomo I.