martes, 23 de diciembre de 2008

Lazzaroni Alicia



HOTEL MIRAMAR

Llegamos al hotel una noche de esas en que despuntaba un otoño casi lunar en Santa Cruz.
Volvíamos de hacer un relevamiento turístico en la cordillera. Durante la interminable jornada de viaje a través de la estepa por caminos de ripio nos habíamos cruzado con muy pocos automóviles, dos parejas de motociclistas cubiertos de tierra, un colectivo con turistas, guanacos y choiques, esos pequeños ñandúes patagónicos que desaparecen velozmente entre las matas de coirones.
Cuando ingresamos a la ruta 3 para bordear la costa, era noche cerrada. Estábamos cansadas de dormir incómodas, de a ratos, mientras alguna de las tres manejaba en el silencio interrumpido de tanto en tanto por la música de una emisora radial que nadie escuchaba. La somnolencia se hizo espesa. Necesitábamos dormir en una cama, desplegar los sueños sobre una almohada como un mapa confiable, anclar por unas horas a un puerto firme. Cuando divisamos las luces de un pueblo, luego de doscientos kilómetros de avanzar en medio de la oscuridad, ya habíamos decidido pernoctar allí.
El chico que atendía el surtidor nos recomendó un par de hostales y una casa de familia en los que podríamos descansar. Cuando nos íbamos recordó un hotel nuevo, limpito, frente al mar.
El hotel Miramar estaba en la esquina de Roca y Sarmiento, junto a una plazoleta que tenía un monumento. Las dos plantas del edificio no lograban alterar la suave curva de la costanera con su boulevard sin árboles, ni la cuadrícula muda de las baldosas. A unos metros, las siluetas de unas hamacas se mecían, espectrales, bajo la noche fría y estrellada. Enfrente se adivinaba el vaivén trabajoso del océano.
Bajé yo a preguntar si había habitación. El ruido del motor del vehículo retumbaba en mis oídos como las olas lejanas que se escuchan dentro de un caracol gigante, haciéndome perder ligeramente el equilibrio. Cuando abrí la puerta, la luz del recibidor me hizo doler los ojos. Al no ver a nadie aproveché para respirar hondo, estirar las piernas y los brazos. Pronto logré recuperarme y seguí el pasillo hasta el fondo, donde estaba el comedor. El inmueble parecía aún sin estrenar, con sus paredes claras y despojadas. Me detuve frente al mostrador esperando que alguien me atendiese, mientras los pocos comensales abandonaban de a poco el confortable salón. Una arcada comunicaba con la cocina. Podía escuchar el trajinar agonizante de la cena, apenas un leve entrechocar de platos de buena loza, hervores que se desvanecían entre alegres susurros, alacenas que se cerrarían hasta la próxima comida. Las luces, los sonidos y los aromas me colmaron de una absoluta placidez. Rogué que hubiese lugar. Una mujer rubia con aires de alemana se levantó de una de las mesas y dijo que habíamos tenido suerte, se había caído una reserva y disponía de dos habitaciones dobles libres.
Mientras nos preparaban unas omelettes dejamos librada al azar nuestra ubicación. La tira de papel más larga me recompensó con la exclusividad de un cuarto para mí sola en el primer piso. Las chicas quedaron en la planta baja. No tuvimos energía para el postre ni la sobremesa y nos fuimos a acostar enseguida.
Estaba tan cansada que a pesar de lo bien que me hubiese venido un baño antes de dormir, lo postergué para la mañana siguiente y me tendí enseguida entre las sábanas. Creo recordar que intenté leer, pero el libro era demasiado pesado y cayó al piso. Me dolían los brazos por el esfuerzo de manejar en el ripio con el viento en contra. Encendí el televisor pero lo apagué enseguida. Las voces me resultaban ensordecedoras luego de las excesivas horas de silencio. Comencé a adormecerme arrullada por las escasas señales de vida de ese pueblo casi desierto que, nadie sabía cómo, abastecía a un centenar de estancias esparcidas por los alrededores con sus ovejas y sus pálidas casas. Me dormí; al menos no recuerdo nada más sobre esa noche.
Creo que dormí bien. Y si digo creo es porque cuando me desperté, mientras la franja de cielo rosado del amanecer se traslucía a través de las cortinas, sentí mucho frío. Un frío punzante, desacostumbrado, casi irreal, que me paralizaba por completo, como si fuese un armazón de estalactitas el que sostuviera mis músculos inertes y la sangre se escarchase en su recorrido cada vez más lento por el interior de mi cuerpo. En medio del sopor del sueño sólo atiné a tironear como pude de la campera que la noche anterior había dejado en el sillón. La coloqué sobre el acolchado y volví a hundirme en el sueño.
Dormí hasta que me despertó el sonido del celular. Ana y Silvia me llamaban para desayunar. Con la barbilla temblorosa les dije que no me esperasen, que me bañaría. Al abandonar mi tumba nocturna noté mi carne helada, sin sensibilidad, casi muerta. Las sábanas estaban húmedas y en partes mojadas. Cuando entré al baño caldeado sentí que regresaba de un paraje distante y extraño situado más allá de mi cuarto y del hotel Miramar, de la Patagonia y de la vida misma. Permanecí en la ducha cerca de veinte minutos, frotándome los brazos y las piernas con mi esponja hasta que se pusieron rojos y comenzaron a arderme.
En el comedor mis compañeras ya habían terminado el café y miraban somnolientas un barco que se acercaba.
-No pudimos dormir-dijo Ana.
-Imposible con tanto calor-completó Silvia.
Pensé que era una broma o que habíamos enloquecido al unísono, como si fuésemos un pequeño coro que interpretara diferentes fragmentos de la misma canción disparatada.
En la habitación que compartieron había hecho tanto calor, contaron entre ambas, que a eso de las tres de la mañana se despertaron bañadas en sudor y sedientas. Ana había intentado llamar a algún empleado para pedir unas gaseosas, aunque nadie le contestó. Cuando se asomó al pasillo y vio la recepción a oscuras pensó que al lugar no llegarían huéspedes pasada la medianoche y que no habría nadie despierto. Hasta trataron de comunicarse conmigo, pero yo no había escuchado nada durante mi incursión al reino de los hielos. Al intentar tomar un baño frío, Silvia había comprobado que sólo podía abrirse el grifo del agua caliente; del otro sólo surgían pequeñas nubes de vapor. Las sábanas estaban pegajosas como si hubiesen dado albergue a un afiebrado pasajero. Así es que optaron por pasar el resto de la noche sentadas en las camas, respirando por la ventana entreabierta el aire fresco que empujaba el mar. Cuando amaneció, mis compañeras habían salido del cuarto para esperar la hora del desayuno. Apenas había aparecido la mujer de la noche anterior, tal vez la dueña o encargada, se quejaron porque el calor las había privado del descanso que tanto necesitaban. A ella le pareció raro, dijo que en el hotel todo era nuevo, hacía un mes que habían abierto y no había escuchado a nadie quejarse por la temperatura de las habitaciones; hasta ella había dormido en el edificio sin notar nada raro.
Cuando les relaté mi experiencia, las chicas no lo pudieron creer. Al principio las confundió el contraste de nuestras situaciones y querían que también me quejase por el servicio, pero no les hice caso. El hotel Miramar me gustaba con su forro de chapa gris y creía haber descansado igual pese al entumecimiento.
Mientras Ana y Silvia salieron a cargar el equipaje me acerqué a pagar al mostrador. La alemana se esmeraba con la factura y yo le miraba el pelo finito cortado parejo cuando me llamó la atención una fotografía en blanco y negro enmarcada y colgada sobre la pared. Era de un viejo edificio de dos plantas, de chapas con la pintura descascarada, como todas las viviendas de la zona. Alguien había escrito sobre la imagen “HOTEL MIRAMAR”.
-¿Cómo?- dije asombrada-¿Hubo otro Miramar?
-Sí-contestó con parquedad la mujer-hubo dos más.
-¿En el mismo lugar?
-En el mismo. ¿No ve el monumento?
-¿Y qué les sucedió?
-Al primero se lo llevó el mar una noche de tormenta, durante una marea extraordinaria. Aún no habían levantado el muro de contención. Fue en 1934. El otro se incendió en 1968. No se pudo salvar nada.

Al escuchar esas palabras deposité mi mochila en el piso, dispuesta a enterarme de algo más. Quise abrir la boca para preguntar pero la mujer me hizo saber sin decir nada que no tenía intenciones de continuar refiriéndose al tema. Luego se sentó y encendió la radio.

Durante el trayecto hasta el auto decidí que tampoco yo hablaría del asunto. Hay secretos que no pueden develarse en forma impune, es decir, sin que la percepción de nuestro mundo se modifique de una manera brusca, como el que encerraba el Hotel Miramar y yo había atisbado. Tampoco hubiese sabido cómo explicarles a unas jóvenes que aún creían en la vida eterna que esa noche habíamos dormido en dos alojamientos diferentes, hermanados por la misma ubicación y el mismo nombre, pero apartados por décadas de distancia y tragedias disímiles. Las incongruencias del sueño nos habían empujado del otro lado del abismo con la intensidad de la muerte. Ellas se habían sofocado en el aire irrespirable producido por las llamas mientras yo me congelaba en un cuarto que había sido invadido por el mar con toda su saña. Mientras dormíamos tranquilas, creyéndonos cerca, nos habíamos desconocido para irnos tan lejos como cada noche nos llevan los sueños, a espacios que tal vez no existan en la realidad del mundo físico pero que recogen la huella imborrable del pasado y los deseos. Ninguna había tenido idea de lo que nos esforzamos esa noche para evadirnos de las desdichas de los pasajeros que nos antecedieron en los cuartos de los hoteles, de los fantasmas contra los que luchamos, de nuestras estrategias para poder despertarnos y volver a la vida.



Nací en La Plata pero desde chica vivo en Ushuaia, lugar al que sin duda pertenezco. Soy patagónica de los pies a la cabeza; pasando el río Colorado el aire me agobia. Me gusta sacar fotos de casas de chapa de gente que no está más y averiguar sus historias. Los archivos me hacen agua la boca. El aire libre también. Me gusta andar por las rutas con el único apuro de mi imaginación, caminar por la playa helada, el bosque, la estepa y leer crónicas de viaje.