domingo, 14 de diciembre de 2008

Herrera Carlos Horacio



CARTA AMIGA


Uno nombra el árbol, y recuerda

aquel pensamiento de Beethoven:

"Amo a un árbol más que a un hombre";

uno recuerda un arroyo,

una piedra del arroyo,

la fugaz enagua del agua

lamiendo los pies urgidos, sedientos;

uno nombra al dolor,

con la voz transida

conque nombra al amor;

uno aprieta las manos

hasta dolerlas, para que no escapen

los granos dorados

de los buenos recuerdos;

uno se mira y se palpa,

y de a pocos va sabiendo,

que como al árbol los años

en ondas circulares nos van envolviendo,

y que sólo los recuerdos, grano a grano

nos fueron construyendo;

ni la sombra de una sombra

somos sin los recuerdos;

en el lento edificio

de la vida,

la amistad es columna luminosa,

ardiente hueso;

columna pulida por caricias

de manos amigas,

como por besos peregrinos

el Muro de los Lamentos;

y uno, simplemente la recorre,

la pulsa como a una cuerda,

y al sentir su son, sabe

que no hay soledad

que pueda con el corazón

del hombre constelado de amigos

en sus dos hemisferios.


¿Cómo no he de ser denodado,

si mis amigos creen en mi denuedo?

¿Cómo he de saber que no estoy muerto,

sino viéndome latir en el pecho

de los que elijo y prefiero?

¿Qué espejo me espejará,

si doy la espalda al noble

espejo de los afectos?

¿Cómo nutrir mi amor propio, si no pasa

a través del amor de los que quiero?

¿Cómo sentirme despierto

si al prójimo no despierto?

¿Cómo pensar al semejante,

sino como complemento

y armonía de lo diferente?

¿Cómo inmolar mis sentimientos

y mis afectos, si son los lazos

que me unen al otro,

como la raíz al árbol

con la Tierra?

¿Cómo comprender al hombre

que nos trae su afecto,

si no vamos a su casa

llevando el nuestro?

..........Cipolletti, 28 de diciembre de 2000 y 1.-


E P U M E R


Epumer es un árbol cabalgando,

un pedazo de bosque que camina.

Hospedaba en su frente el horizonte,

y en su planta la tierra ranquelina.


En vez de bola, hacha o lanza,

imponía su mano de peñasco,

para que fuera piadosa despedida

la muerte inevitable del guanaco.


Poseía la confiada mansedumbre

de grande bestia dormida.

Su furia convocaba al rayo,

y era hermano del trueno su alarido.


Llegó a sus manos en ofrenda

desde la pluvial Araucanía,

esa su lanza inacabable

como una lenta agonía.


Prodigó más cuidado a sus criaturas

que avestruz empollando la postura.

En su pecho de gigante se lindaban

el valor desbordado y la ternura.


Sus pares del desierto le enrostraban

el cuidar como propios niños huincas...

Dos niños blancos entonces levantaba

para hacerlos cabalgar en sus rodillas.-

...............................

LA TIERRA INNOMBRADA

A Rodolfo M. Casamiquela


Los griegos lo intuyeron

inscribiendo su nombre fabuloso

-País de los Atlantes-,

en el pentagrama de sus sueños:

Islas más extensas que la Australia,

viajando a la deriva

hasta encallar sobre un lomo

sumergido en el piélago,

fundando un continente

a tan luengas distancias,

que emprendiendo el viaje

en la edad de la inocencia,

salvadas las celadas del mar y sus zargazos,

se avizoran sus costas cuando viejo.

Pero la tierra allí se sabe

lamidas márgenes en la paciencia

de las mareas, tierra de no saber

donde nace, donde cesa,

aunque escuchando la lengua

de los grandes peces,

la nocturna llovizna de las aves de alto vuelo,

pudo saberse que discurre

desde el hielo, hasta el hielo.

Diz que un ave madrastra de abismos,

constructora de nidos

donde se agosta el aliento,

volando un día muy alto,

-más allá de una atalaya

de nubes leves como sueño-

pudo verla:

El tórax expandido hasta perderse

en los celajes de auroras boreales;

la cintura de avispa u hormiga,

el vientre, las caderas rebosantes de vida,

vulnerando los costados del viento,

los pies de pura piedra,

refrescándose en témpanos australes,

ríos de bocas reptiles en bostezo,

mares de agua dulce, con sus caseras mareas.

La tierra escucha estas consejas,

pero sólo atiende su propio corazón,

que enraíza en los abismos

donde se funden las piedras.

Toda vida crece y se expande en su materia:

toda vida le cabe, toda vida y su tragedia.

Innominadas las cosas como el día primero,

ni los pájaros sabían que serían bautizados

con su propia onomatopeya.

¿Cómo se llamará ese árbol, de madera tan prieta

que se hunde en las aguas

como fierro, como piedra?
¿Quién nombrará esa flor en que palpita

una gota de sangre del Edén reciente,

con un labio -un pétalo digo-,

más celeste que terreno? ¿Y esa ave,

que acaba de romper el huevo

del tamaño de una arena?

¿Y esa culebra de cuerpo inabarcable

como la mala suerte, que navega

con la cabeza allá, arriba,

sobre el alcázar del mástil de sus vértebras?

¿Y esas alturas donde todo aliento

se convierte vapor, cual resuello de ballenas?

¿Y esa bestia bisulca, airosa doncella,

investida de un manto que codiciaran las reinas,

transitando senderos más vecinos al cielo

que a la tierra? ¿Y esa otra que inventó su vestido

con hilos de la nieve, hollando

la materia de su propio vestido,

cual témpano terrestre?

De parto en parto se deja estar la tierra:

la mano que alumbra la vida,

amasa la materia de la muerte.

Milenios de milenios esperó su frente invicta

A la bestia vertical, aquella que destruye toda paz

con su conducta.-


Carlos Horacio Tata Herrera nació en San Fernando del Valle de Catamarca en 1937. Maestro de escuela, ejerció la docencia desde temprana edad, en diversos lugares del país. En la Patagonia, donde vive en forma casi continua desde hace cuarenta años, fundó varias escuelas, en sus roles de director y/o supervisor de escuelas primarias.

Publica poesías, cuentos y notas en diarios y revistas de la Norpatagonia. Recibió primeros y segundos premios en cuento, en los principales concursos patagónicos. Fue primer premio en teatro, en el primer concurso patagónico del género. (1985) Es autor de los textos para cantatas, en colaboración con el maestro José Luis Bollea, tales como Con Pablo en Isla Negra –homenaje a Pablo Neruda-, y Scheypuquíñ y Juan memoria cantada, -homenaje a la nombrada indígena catrielera y a su esposo, el sabio, místico y pionero de la Norpatagonia, ingeniero Juan Benigar -Premio Nacional Humanístico de la Caja Nacional de Ahorro y Seguro (1987)-. Han musicalizado sus poemas los músicos Juan Falú, el nombrado Bollea, Daniel Rochi, Delfor Sombra, y Edgardo Lalo Molina.

Marionetista en los teatros El barco de papel, dirigido por Luis Alberto Sánchez Vera, y Marionetas de la esquina, dirigido por Lucio Espíndola. Fue Delegado Representante del Centro Nacional Patagónico del CONICET, durante la gestión del Dr. Rodolfo Magín Casamiquela; es delegado representante de la Fundación científica y cultural Ameghino, que preside el nombrado Dr. Casamiquela. Se desempeñó como asesor ad hoc de asuntos culturales de la Fundación de la Universidad Nacional de Comahue (FUNYDER).

Publicó Ojos al viento -editorial Último Reino (1987)-, selección del autor de cuatro libros de poesía, y Ocurrió en Cupajo –Ediciones Pitanguá (2002)- saga de cuentos catamarqueños, con el agregado de seis cuentos de los libros inéditos Cauces catuchos (tres cuentos catamarqueños) y El rastro en las bardas (tres cuentos patagónicos). Su obra literaria permanece casi en su totalidad inédita.

Don Ata, Manuel J. Castilla, Juan Carlos Dávalos, Raúl Galán, Pancho Galindez, J. C. Bustriazo, Antonio Esteban Agüero, Héctor David Gatica, Jorge Leonidas Escudero, Edgar Morisoli, Juanele Ortiz....y Luis Leopoldo Franco, el catamarqueño (belicho,oriundo de Belén) tan enorme como el silencio a que infaustamente lo sometiera la "cultura oficial".